Salmo 51 (Miserere)

Salmo

Salmo 51 (Miserere): «Ten piedad de mí, oh Dios»

El Miserere en la traducción católica de Félix Torres Amat (1825): su sentido verso a verso, su lugar en la Cuaresma y en la confesión, y cómo rezarlo.

El Salmo 51 —el 50 en la numeración de la Vulgata— es el Miserere, la súplica de David después de su pecado: “Ten piedad de mí, oh Dios, según la grandeza de tu misericordia”. La Iglesia lo reza cada viernes en Laudes y al comenzar la Cuaresma, y es una de las mejores preparaciones para la confesión. En AngelGuard tienes el texto completo en la traducción católica de Félix Torres Amat y su sentido verso a verso.

1Para el fin: Salmo de David;

2cuando después que pecó con Betsabé, vino a él el profeta Natán.

3Ten piedad de mí, oh Dios, según la grandeza de tu misericordia: y según la muchedumbre de tus piedades, borra mi iniquidad.

4Lávame todavía más de mi iniquidad, y límpiame de mi pecado;

5(porque yo reconozco mi maldad, y delante de mí tengo siempre mi pecado:

6contra ti solo he pecado; y he cometido la maldad delante de tus ojos) a fin de que [perdonándome], aparezcas justo en cuanto hables, y quedes victorioso en los juicios que de ti se formen.

7Mira pues que fui concebido en iniquidad, y que mi madre me concibió en pecado.

8Y mira que tú amas la verdad: tú me revelaste los secretos y recónditos misterios de tu sabiduría.

9Rociarasme, [Señor], con el hisopo, y seré purificado: me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve.

10Infundirás en mi oído palabras de gozo, y de alegría; con lo que se recrearán mis huesos quebrantados.

11Aparta tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades.

12Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud.

13No me arrojes de tu presencia, y no retires de mí tu santo Espíritu.

14Restitúyeme la alegría de tu Salvador; y fortaléceme con un espíritu de Príncipe.

15Yo enseñaré tus caminos a los malos, y se convertirán a ti los impíos.

16Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios Salvador mío, y ensalzará mi lengua tu justicia.

17Oh Señor, tú abrirás mis labios; y publicará mi boca tus alabanzas.

18Que si tú quisieras sacrificios, ciertamente te los ofreciera: mas tú no te complaces con [solos] holocaustos.

19El espíritu compungido es el sacrificio [más grato] para Dios: no despreciarás, oh Dios [mío], el corazón contrito y humillado.

20Señor, por tu buena voluntad seas benigno para con Sion, a fin de que estén firmes los muros de Jerusalén.

21Entonces aceptarás el sacrificio de justicia, las ofrendas, y los holocaustos: entonces serán colocados sobre tu altar becerros [para el sacrificio].

Traducción de Félix Torres Amat (1772–1847), de la Vulgata latina, donde este es el Salmo 50 (Madrid, 1825, tomo IV, pp. 65-66). Ortografía actualizada; algunas palabras antiguas cambiadas por su forma actual, sin cambiar el sentido; entre corchetes, las palabras que el traductor añadió en cursiva. Texto en dominio público.

Texto original (grafía de 1825)

1Para el fin: Salmo de David;

2cuando despues que pecó con Bethsabée, vino á él el profeta Nathan.

3Tén piedad de mí, ó Dios, segun la grandeza de tu misericordia: y segun la muchedumbre de tus piedades, borra mi iniquidad.

4Lávame todavia mas de mi iniquidad, y límpiame de mi pecado;

5(porque yo reconozco mi maldad, y delante de mí tengo siempre mi pecado:

6contra tí solo he pecado; y he cometido la maldad delante de tus ojos) á fin de que [perdonándome], aparezcas justo en cuanto hables, y quedes victorioso en los juicios que de ti se formen.

7Mira pues que fuí concebido en iniquidad, y que mi madre me concibió en pecado.

8Y mira que tú amas la verdad: tú me revelaste los secretos y recónditos misterios de tu sabiduria.

9Rociarásme, [Señor], con el hisopo, y seré purificado: me lavarás, y quedaré mas blanco que la nieve.

10Infundirás en mi oido palabras de gozo, y de alegria; con lo que se recrearán mis huesos quebrantados.

11Aparta tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades.

12Crea en mí, ó Dios, un corazon puro, y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud.

13No me arrojes de tu presencia, y no retires de mí tu santo Espíritu.

14Restitúyeme la alegria de tu Salvador; y fortaléceme con un espíritu de Príncipe.

15Yo enseñaré tus caminos á los malos, y se convertirán á tí los impíos.

16Líbrame de la sangre, ó Dios, Dios Salvador mio, y ensalzará mi lengua tu justicia.

17O Señor, tú abrirás mis labios; y publicará mi boca tus alabanzas.

18Que si tú quisieras sacrificios, ciertamente te los ofreciera: mas tú no te complaces con [solos] holocaustos.

19El espíritu compungido es el sacrificio [mas grato] para Dios: no despreciarás, ó Dios [mio], el corazon contrito y humillado.

20Señor, por tu buena voluntad seas benigno para con Sion, á fin de que estén firmes los muros de Jerusalen.

21Entónces aceptarás el sacrificio de justicia, las ofrendas, y los holocaustos: entónces serán colocados sobre tu altar becerros [para el sacrificio].

Entre corchetes, las palabras impresas en cursiva.

La Sagrada Biblia nuevamente traducida de la Vulgata latina al español, por Don Félix Torres Amat. Tomo IV. Madrid: Imprenta de Don León Amarita, 1825, pp. 65-66 (Salmo L).

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Qué dice el Salmo 51: significado verso a verso

4 min de lecturaEl Salmo 51 es la oración de alguien que no se justifica: reconoce su pecado, se pone entero en las manos de Dios y le pide algo más que un perdón de trámite, un corazón nuevo.

El Salmo 51 es la oración de alguien que no se justifica: reconoce su pecado, se pone entero en las manos de Dios y le pide algo más que un perdón de trámite, un corazón nuevo. Juan Pablo II lo llamó el más intenso y repetido de los salmos penitenciales, y distinguió en él dos regiones: la oscura del pecado (vv. 3-11) y la luminosa de la gracia (vv. 12-19). Los números de verso son los de la traducción de Torres Amat, que cuenta el título como versos 1 y 2.

Versos 1–2: el título. “Salmo de David; cuando después que pecó con Betsabé, vino a él el profeta Natán.” La Biblia misma sitúa el salmo en un momento concreto: después del adulterio de David y de la muerte de Urías, cuando el profeta le abrió los ojos (2 Sam 11–12). No es una oración escrita en abstracto, sino la de un hombre poderoso que de pronto se ve tal como es.

Versos 3–4: la misericordia primero. “Ten piedad de mí, oh Dios, según la grandeza de tu misericordia.” El salmista no empieza por sus méritos ni por sus excusas; empieza por quién es Dios. Le pide que borre, que lave y que limpie: tres verbos para un mismo deseo de quedar limpio de verdad.

Versos 5–6: “contra ti solo he pecado”. “Delante de mí tengo siempre mi pecado.” Reconocer la culpa es el primer paso de la conversión. Y el pecado se nombra en su raíz: es una ofensa a Dios. David había dañado a Urías y a Betsabé, pero sabe que, en el fondo, rompió con Dios. Torres Amat lo explica en una nota: el rey, que en la tierra no tenía a nadie por encima, reconoce que solo Dios es su juez. El Catecismo remite a este verso para enseñar que el pecado es una ofensa a Dios (CIC 1850).

Versos 7–8: la herida desde el origen. “Mira pues que fui concebido en iniquidad.” No es un reproche a la madre, sino la confesión de que el mal está enraizado en nosotros desde el principio. Juan Pablo II advierte que el salmo no formula de modo explícito la doctrina del pecado original, aunque corresponde bien a ella.

Versos 9–11: el hisopo y la nieve. “Rociarasme, Señor, con el hisopo, y seré purificado: me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve.” El hisopo era una planta pequeña que se usaba para rociar en los ritos de purificación de Israel (Lv 14,4-7; Nm 19,18). El pecador no se lava solo: es Dios quien lo rocía y lo deja más blanco que la nieve (cf. Is 1,18).

Versos 12–14: un corazón nuevo. “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro.” Pedirle a Dios que “cree” es pedirle una nueva creación: Juan Pablo II comparó este cambio con el principio del mundo, cuando Dios infundió su aliento en el hombre (Gn 2,7). El salmista suplica no ser arrojado de la presencia de Dios ni perder su santo Espíritu, y pide recuperar “la alegría de tu Salvador”. Donde Torres Amat traduce “espíritu de Príncipe”, una nota suya recuerda que san Jerónimo entendía un espíritu fuerte: la fortaleza para no volver a pecar.

Versos 15–17: el perdonado se vuelve testigo. “Yo enseñaré tus caminos a los malos.” Quien ha sido perdonado quiere que otros conozcan esa misericordia. Al pedir “Líbrame de la sangre”, David se refiere, según la nota de Torres Amat, a la culpa por la sangre de Urías. Y en el verso 17, “Oh Señor, tú abrirás mis labios”, la alabanza ya no sale de sus fuerzas: es Dios quien le abre la boca.

Versos 18–21: el sacrificio que Dios quiere. “El espíritu compungido es el sacrificio más grato para Dios.” Dios no rechaza el culto, pero no se conforma con ritos vacíos: quiere el corazón. El Catecismo remite a este pasaje para enseñar que el sacrificio exterior, para ser auténtico, debe expresar el sacrificio espiritual (CIC 2100). Los dos últimos versos abren la oración a toda Jerusalén: el perdón de uno se vuelve bendición para el pueblo.

Dios de misericordia, mírame como soy, sin excusas. Lávame de mi culpa, crea en mí un corazón puro y no me apartes de tu presencia. Devuélveme la alegría de tu salvación y abre mis labios para que cuente a otros lo que Tú has hecho conmigo. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

¿Por qué se llama Miserere y por qué en algunas Biblias es el Salmo 50?

2 min de lecturaSe llama Miserere por su primera palabra en latín: Miserere mei, Deus, “ten piedad de mí, oh Dios”.

Se llama Miserere por su primera palabra en latín: Miserere mei, Deus, “ten piedad de mí, oh Dios”. Así empieza el verso 3 en el texto latino que la edición de Torres Amat imprime al pie de cada página, y con ese nombre lo conoce la Iglesia desde hace siglos.

Con el número hay una confusión frecuente. La Biblia hebrea, que siguen la mayoría de las Biblias modernas y casi todas las búsquedas en internet, lo cuenta como Salmo 51. La antigua versión griega y la Vulgata latina lo cuentan como Salmo 50, porque unen en uno solo los salmos que en hebreo son el 9 y el 10: la misma edición de Torres Amat anota, dentro de su Salmo IX, la “segunda parte, que es el Salmo X según los hebreos”. Torres Amat tradujo de la Vulgata, así que en su libro este es el Salmo L (50), y los libros litúrgicos usan la misma numeración: por eso en la Liturgia de las Horas y en el Leccionario de la Misa verás “Salmo 50”. Es el mismo salmo.

También cambia la numeración de los versos. Torres Amat, como la Vulgata, numera el título como versos 1 y 2, de modo que “Ten piedad de mí” es el verso 3 y el salmo termina en el 21. Otras Biblias dejan el título sin número y empiezan a contar en la súplica. Si una cita no coincide con tu Biblia, revisa primero esto.

La historia detrás del Salmo 51: David, Betsabé y el profeta Natán

2 min de lecturaEl título del salmo remite a uno de los episodios más duros de la Biblia (2 Sam 11–12).

El título del salmo remite a uno de los episodios más duros de la Biblia (2 Sam 11–12). David, el rey elegido por Dios, se fija en Betsabé, esposa de Urías, uno de sus soldados, y la toma. Cuando ella queda embarazada, David intenta encubrirlo y termina haciendo que Urías muera en la guerra. Todo parece resuelto, hasta que el profeta Natán le cuenta la historia de un hombre rico que le roba al pobre su única oveja. David se indigna, y Natán le responde que ese hombre es él (2 Sam 12,7).

Lo admirable es la respuesta. David no se defiende ni culpa a otros: reconoce que ha pecado contra el Señor (2 Sam 12,13). La tradición judía, recuerda Juan Pablo II, puso este salmo en labios de David movido a penitencia por las palabras del profeta, y luego lo rezaron muchísimos otros pecadores. En una nota a este salmo, Torres Amat recoge estas palabras: “Es señal de un ánimo bueno, dice san Ambrosio, el sentirse de la herida del pecado; porque donde hay sentido de dolor, hay todavía sentido de vida.” Sentir el peso del propio pecado no es una desgracia: es señal de que el alma sigue viva.

La historia enseña también algo sobre el perdón. Dios perdona a David, pero las consecuencias de su pecado no desaparecen de un día para otro (2 Sam 12,13-14). El Miserere no pide que Dios haga como si nada hubiera pasado; pide un corazón nuevo para vivir en la verdad desde ahora.

Señor, como a David, envíame a alguien que me diga la verdad cuando me engaño a mí mismo. Dame la humildad de reconocer mi pecado sin excusas y la confianza de volver a Ti, que no desprecias un corazón arrepentido. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

El Salmo 51 y la confesión: cómo prepararte con el Miserere

2 min de lecturaEl Miserere es una de las mejores preparaciones para el sacramento de la Reconciliación, porque recorre por dentro lo que la Iglesia pide al penitente.

El Miserere es una de las mejores preparaciones para el sacramento de la Reconciliación, porque recorre por dentro lo que la Iglesia pide al penitente. El Catecismo describe la penitencia interior como una reorientación radical de toda la vida, una conversión a Dios con todo el corazón, unida a la esperanza en su misericordia (CIC 1431), y recuerda que es Dios quien da al hombre un corazón nuevo (CIC 1432). Es exactamente lo que pide el verso 12.

Entre los actos del penitente, la contrición ocupa el primer lugar: “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar” (CIC 1451). El salmo enseña a vivir ese dolor sin desesperar: el mismo hombre que dice “delante de mí tengo siempre mi pecado” se atreve a esperar “quedaré más blanco que la nieve”.

Una forma sencilla de usarlo antes de confesarte: 1. Reza despacio los versos 3 a 6 y deja que salgan a la luz los pecados concretos que necesitas confesar. 2. Con los versos 9 a 14, pide a Dios lo que solo Él puede darte: limpieza, un corazón puro, la alegría perdida. 3. Después de la absolución, vuelve a los versos 15 a 17 como acción de gracias.

El salmo no reemplaza la confesión: los pecados graves se confiesan al sacerdote (CIC 1456-1457), y la Iglesia recomienda vivamente confesar también los veniales (CIC 1458). El Miserere prepara el corazón para el sacramento y lo prolonga después. Tampoco es una fórmula que “borre” algo por sí sola: el Catecismo llama superstición a atribuir la eficacia a la sola materialidad de las oraciones, sin las disposiciones interiores que exigen (CIC 2111).

Padre misericordioso, antes de acercarme a tu perdón, muéstrame mi pecado con la luz de tu verdad y no con la de mi miedo. Dame un dolor sincero, la valentía de confesarlo todo y la alegría de saberme lavado por Ti. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Cuándo se reza el Salmo 51: viernes, Cuaresma y Liturgia de las Horas

2 min de lecturaCada viernes, en Laudes.

Cada viernes, en Laudes. La Liturgia de las Horas hace rezar el Miserere en la oración de la mañana de todos los viernes, como recordó Juan Pablo II en sus catequesis sobre este salmo (24 de octubre de 2001; 8 de mayo y 4 de diciembre de 2002). El viernes, en memoria de la muerte del Señor, es por tradición un día de penitencia (CIC 1438), y así la Iglesia empieza cada viernes pidiendo perdón.

Al comenzar la Cuaresma. El Miércoles de Ceniza, el salmo responsorial de la Misa es este salmo (el 50 en el Leccionario), después de la lectura del profeta Joel que llama a volver a Dios de todo corazón (Jl 2,12-18). El primer domingo de Cuaresma del ciclo A se canta de nuevo, después del relato del pecado de Adán y Eva (Gn 2,7-9; 3,1-7). Pocas oraciones expresan mejor lo que la Iglesia pide en ese tiempo: conversión del corazón, no solo prácticas exteriores.

En otros días del año. El Leccionario lo propone también, por ejemplo, junto a la promesa de Ezequiel de un corazón nuevo y un espíritu nuevo (Ez 36,23-28).

En la música de la Iglesia. El Miserere ha inspirado algunas de las obras más conocidas de la música sacra. La más célebre es la de Gregorio Allegri (1582–1652), escrita para el coro de la Capilla Sixtina; su versión original, según el Códice Sixtino de 1661, la grabó la Capilla Musical Pontificia «Sistina» en un disco presentado en el Vaticano en 2015.

Cómo rezar el Salmo 51 paso a paso

2 min de lecturaDespacio y en voz baja.

Despacio y en voz baja. Es un salmo para rezar sin prisa. Lee primero el texto completo, de corrido. Luego vuelve al verso que más te haya tocado y quédate ahí: quizá “borra mi iniquidad”, quizá “no me arrojes de tu presencia”. No hace falta terminarlo todo en una sola vez.

En cuatro tiempos. 1. Lee el salmo entero. 2. Medita: ¿qué pecado concreto, qué herida, qué excusa me muestra hoy este texto? 3. Reza: dile a Dios con tus palabras lo que viste, sin adornarlo. 4. Contempla: quédate un momento en silencio, dejándote mirar por Él con misericordia.

Una frase para el día. El verso 12, “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”, cabe en una respiración. Repetirlo durante el día, en el trabajo, en el transporte o antes de dormir, es una manera sencilla de mantener vivo el deseo de conversión.

En comunidad. En un retiro de Cuaresma o en una celebración penitencial de la parroquia, puede rezarse a dos coros, alternando las estrofas, como se hace en la Liturgia de las Horas.

Con la vida. El salmo termina en compromiso: “Yo enseñaré tus caminos a los malos”. El Catecismo recuerda que la conversión se realiza en la vida cotidiana con gestos de reconciliación, atención a los pobres y la defensa de la justicia (CIC 1435). Un buen fruto del Miserere es pedir perdón a alguien, o darlo.

Señor, que no me acostumbre a mi pecado ni desespere de tu perdón. Cada vez que rece este salmo, crea en mí un corazón puro y hazme testigo de tu misericordia ante los que están lejos de Ti. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Preguntas

¿Qué dice el Salmo 51?

Es la súplica de David después de su pecado con Betsabé: reconoce su culpa sin excusas (“delante de mí tengo siempre mi pecado”), pide a Dios que lo lave y lo deje “más blanco que la nieve”, le ruega que cree en él “un corazón puro” y promete enseñar a otros los caminos de Dios. Termina diciendo que el sacrificio que Dios quiere es un corazón contrito y humillado.

¿Para qué sirve el Salmo 51?

Sirve para pedir perdón a Dios de verdad: para hacer examen de conciencia, para prepararte a la confesión, para rezar en Cuaresma o los viernes, y para volver a Dios después de una caída. No es una fórmula que funcione sola; ayuda porque te pone ante Dios con un corazón arrepentido, que es lo que Él no desprecia.

¿Por qué en algunas Biblias católicas es el Salmo 50?

Porque hay dos numeraciones. La hebrea, que usan la mayoría de las Biblias modernas, lo cuenta como 51; la griega y la latina (Vulgata), seguidas por la traducción de Torres Amat y por los libros litúrgicos, lo cuentan como 50, porque unen los salmos hebreos 9 y 10. Es el mismo salmo.

¿Quién escribió el Salmo 51?

El título lo atribuye a David, después de que el profeta Natán le reprochara su pecado con Betsabé y la muerte de Urías (2 Sam 11–12). La tradición judía y la cristiana lo han rezado siempre como la oración de David arrepentido, que luego hicieron suya generaciones de pecadores.

¿Cuándo se reza el Miserere?

En la Liturgia de las Horas, todos los viernes en Laudes. En la Misa, es el salmo responsorial del Miércoles de Ceniza y del primer domingo de Cuaresma del ciclo A. Personalmente, puedes rezarlo antes de confesarte, en el examen de conciencia de la noche o cuando necesites volver a Dios.

¿Qué es el hisopo del Salmo 51?

Una planta pequeña cuyas ramas se usaban en Israel para rociar agua o sangre en los ritos de purificación (Lv 14,4-7; Nm 19,18). Cuando el salmista dice “Rociarasme, Señor, con el hisopo”, pide que sea Dios mismo quien lo purifique, porque nadie puede limpiarse solo del pecado.